Lobos de Iberia

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Fecha: 11/03/2008 

Historia de lobos y corderos: quién es quién.

La opinión de Zamora. Ataca por las noches, cuando los animales están indefensos. Muerde sin compasión, rasga la carne y desmembra a la víctima en un santiamén. A veces, cuando te encuentras la res todavía está viva, aunque ya no tenga muslos, ni rabo, ni forma. Es terrible, pero ponlo, que lo sepan sus defensores, que lo conozcan quienes tanto filosofan contra el maltrato animal». Y lo pongo. Como ayer me lo contó José Sánchez, propietario de una ganadería de vacuno de carne en la dehesa de Izcala, en el límite de las provincias de Zamora y Salamanca, muy cerca de Cubo del Vino, lo cuento.
José es un superviviente, alguien que renunció a una tarjeta con nombre y tres apellidos lejos de casa a cambio de seguir pegado a la tierra, a la hierba, a los animales. Criador de vacuno por vocación como lo es el médico o el veterinario, gusta de lo que hace. Y lo suyo es sacar adelante partidas de terneros, cebarlos para el consumo, para producir satisfacciones a los demás. Donde más amigos se hacen es en la mesa. Y es verdad.
Conoce como nadie las paradojas de un mercado, que desprecia al que produce y mima al que trapichea; que está controlado por quienes nunca han visto parir a una res. A pesar de todo, de la injusticia de un precio de miseria que después crece en la tabla como el champán agitado, de los altibajos en los ingresos y las subidas de los gastos, de la calentura de mientes cuando notas que la sociedad desprecia el oficio y a quien lo ejerce. Eso y mil fríos y un millón de desprecios no han podido con él, con su ánimo. Pero lo del lobo lo dobla, con ese dolor que cansa cuando te encuentras con el desaguisado, con la masacre. El sábado, un ataque de cánidos se quedó con un ternero entre sus dientes. Sólo quedaron las patas de atrás sobre la hierba helada, como un monigote absurdo. Era la primera baja de este año. El pasado fueron doce los becerros que perdieron la pelleja entre las fauces del "mejor amigo del hombre", como él dice. «Esto no se puede aguantar, te pagan cuatro perras y te ningunean. Que si perros salvajes, que si lobos, de papeleo en papeleo. La Junta, con el seguro, te paga 180 euros por animal si el ataque es de cánidos asilvestrados y te da un plus de 115 si se demuestra que el culpable es el lobo. A ver quien es el majo que lo prueba. Lo que quieran decirte. Estás desarmado y te sientes pisoteado».
«Muchas noches el lobo anda entre las vacas y cuando tiene la oportunidad, mata. Es su condición. Si puede ataca. Cuando ve un ternero indefenso, como el sábado, con pocas horas de vida, muerde. Y no valen perros como dice la Junta, que, después, como ya ha ocurrido, se asilvestran y acaban también matando a las reses».
José, como muchos ganaderos de la provincia, vive en el aire y muere cuando se acerca a las vacas, siempre de madrugada. Está cansado y, a veces, cuando ve las masas sanguinolentas sobre la pradera, le dan ganas de dejarlo todo.
La Junta, y sus veterinarios, y sus técnicos creen que José quiere engañarles, que es su condición y cuando hay ataques en su ganadería hay que probar muy bien quien es el culpable, que la mayoría no son lobos, que hay que mirar por los dineros públicos, que no es cuestión de regalarlos.
La Junta se gasta -¿O invierte?- todos los años más dineros en financiar jornadas, publicaciones y trabajos en general sobre el lobo que en abonar indemnizaciones por daños a la ganadería.Tiene un ejército de proteccionistas a su alrededor que alaban su política de campanario y viven de la moda. La Junta sigue la tendencia actual de la sociedad, esa que defiende que el cánido salvaje debe ser protegido, incluso por encima de la supervivencia de los ganaderos. Estoy convencido de que si alguien planteara una encuesta en Madrid, por ejemplo, sobre la disyuntiva de la supervivencia de ganaderos o lobos, el resultado estaría cantado. ¿O no? José lo sabe y por eso cada vez le cuesta más seguir trabajando. Es duro sacar adelante las reses a costa de los intereses de otros animales. Pero lo es más luchar contra la indiferencia de la sociedad y de quien la administra.

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