Milles de la Polvorosa

 
 
 

PRESENTACIÓN

Este apartado de mi web está dedicado al pueblo donde vivo, Milles de la Polvorosa, del que desciendo directamente por parte materna. A modo de presentación del mismo he decidido incluir un fragmento del libro “Viejas historias de Castilla la Vieja”, de Don Miguel Delibes, escritor que, en mi modesta opinión, ha reflejado como nadie el alma de una Castilla ancestral que todavía pervive a mi alrededor, aunque diluyéndose lánguidamente a medida que van desapareciendo mis paisanos y familiares de las generaciones más pretéritas, y el paisaje rural zamorano pugna por evolucionar al vertiginoso ritmo hasta hace pocos años reservado a las áreas más pobladas de nuestro país.

Vista panorámica de Milles de la Polvorosa

Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): “Isidoro ¿de qué pueblo eres tú?. Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: “Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro...?”. Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: “Allá en mi pueblo...” o “El día que regrese a mi pueblo”, pero a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo valieran dos rectos: “Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara”. Y a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia, y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotan más recios echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mi. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de la ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte...

Así, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba echo para trabajos tan rudos y así que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que se dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos...

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

 

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